sábado, 22 de julio de 2017

Sentimientos encontrados


(Estamos en el equivalente al año 2153 terrestre; octubre, más o menos. Nave interestelar Luna XLIII en misión colonizadora camino del centro de la espiral de la Vía Láctea)

El inmenso salón está muy iluminado, en contraste con la imagen que les regala la no menos inmensa cristalera oval, espectacular aunque jamás abandone la noche, o quizá debido a ello… Dos figuras humanas son los únicos seres multicelulares que lo ocupan en estos momentos.
¡Madre, mire lo que he encontrado!, parece ser una memoria externa muy antigua.
¿Cómo lo sabe, hija?
Porque mi LACBM* detecta información básica en él, un fichero con texto simple; pero mire qué primitivo es, fíjese, ¡si hasta tiene una especie de conector! añade, sacándolo del aparato para mostrárselo a su madre.
¿Dónde dices que lo has encontrado? —pregunta la madre, haciendo gala de su habilidad.
Aquí, en esta antigua caja de grafeno con recuerdos de sus antepasados, junto a estos libros de paopel…
—¡Papel, se dice papel! —Interrumpe su madre, sonriendo—. Aprovecho para recordarle que ese material se produjo en las papeleras de nuestro añorado planeta hasta que en el año 2040 se dejó de hacer cuando el número de árboles se situó por debajo del umbral mínimo crítico. Espero que la Tierra haya recuperado ya algo de su esplendor pasadoagrega con seca nostalgia.
La joven vuelve a colocar su descubrimiento en el dispositivo LACBM* y pregunta:
¿Quiere leerlo conmigo, madre? indica señalando un punto indeterminado sobre el escritorio que ocupa y que se presenta ajeno a lo que va a mostrar en breve.
Sí, claro, hija, con mucho gusto y se sienta a su lado junto con un incipiente hormigueo.
La chica mira a su madre con una mezcla de ternura y orgullo y activa el dispositivo. Ambas dirigen ahora su mirada a la pantalla virtual y empiezan a leer:

 ***

Año 2042, 11 de noviembre. Sé que es un día muy especial, pero…

Hace tantos años ya de todo que mi memoria, en la mayoría de las ocasiones, se equivoca en algún cruce y rara vez consigue regresar para recordármelo; es por ello que ya no recuerdo cuando lo escribí, aunque sí me reconozco en esas palabras escritas en papel que acabo de encontrar por casualidad y que voy a traspasar a este formato enseguida. Veo, como si fuera hoy, esas imágenes que tanto representan para mí. Y ahora que recuerdo sentir que la amo más que a mi vida, se lo diré una vez más, pero no que echo de menos quién fue, ¡tanto de menos!… Quiero escribirlo aquí, bien alto, por si algún día alguien lo lee en voz baja, deseando que ella sienta lo mismo en los escasos intentos de lucidez que compartimos…

*

Año 2017, 11 de julio

Hay una imagen que se ha atrincherado en mi cerebro, en la esquina que presume de las mejores vistas, a base de repetirse una y otra vez; y parecería que intenta poner a su nombre las escrituras de esa propiedad, porque ha llegado a cobrar una notoriedad que, cuando todo empezó, no llegué a intuir que alcanzaría.
Reconozco que al principio me vi sorprendido por la pasión con la que silenciaba nuestros silencios, posponiéndolos, cuando me urgía a compartir con ella cada una de las bellezas que captaba su mirada. Recuerdo ahora la de aquellos rayos de sol aterrizando en alguna de las colinas que han rodeado siempre nuestros paseos de dedos enlazados, aunque tampoco desdeñaba si los sorprendía descansando sobre algún tejado incauto. Pero lo que recuerdo con mayor nitidez es la imagen que la capta a ella haciéndome cómplice de su apasionamiento.
Poco tiempo después, tras unos cuantos entusiastas «mira qué bonito, esos últimos rayos de sol sobre el mar, con el gris azulado jugando con el azul marino… qué imagen tan bella dejan», no me queda la menor duda de que siempre ha sido debido a su generosidad, ese no imaginar no compartir cada tesoro que va encontrando en su camino es una de las múltiples perlas que conforman el collar de su identidad.
Con el tiempo, he aprendido a disimular mi media sonrisa cada vez que le oigo decir «mira, mira allí, qué bonito…», sé que no la debo exponer cuando ella busca en mi rostro la reacción que espera, ese gesto de admiración, porque solo aspira a verse reflejada. Y es más, cuando alguna vez, de un tiempo a esta parte, los «mira…» se espacian, creedme que me inquieto.
Mas sé que el tiempo acabará momificando este y todos los demás recuerdos, que llegará el día en que ella no localice el resorte que le haga querer seguir mostrando su pasión, también el día en que yo ya no la eche de menos, a esa pasión, quiero decir…; pero hasta entonces, como seguimos jugando a este juego de complicidad y arrebato, ella me apremia desde la puerta de entrada para que deje de escribir estas apresuradas líneas; «ya las terminarás después», me dice y, coqueta, se pone sus gafas de sol para que este no llegue a sospechar nunca que tiene la intención de seguir observando sus juegos de luz. Yo la sigo…, siempre lo he hecho, siempre lo haré…

***

Las mujeres se miran honrando el silencio que genera el respeto a los valores más puros. Tanto una como otra saben que ambas han necesitado leer dos veces el texto. De las dos, la cara que hace tiempo disimuló con láser sus arrugas más rebeldes muestra un evidente gesto de nostalgia, ya no tan seca.
Madre, ¿qué significa pasión? —Y la mira con cara de niña buena antes de añadir ¿Existía esa palabra cuando usted era joven… o niña?
Siente que su hija la ha pillado desprevenida, y respira hondo antes de responder.
Sé de ella poco más de lo que me contaron tus abuelos: que, según los gobernantes, era un híbrido entre emoción y sentimiento muy peligroso y que por eso no tuvieron más remedio que prohibirla a nivel mundial y a perpetuidad recuerda con una nostalgia que no esconde sus toques de humedad, haciendo caso omiso por primera vez en su vida de la orden que prohibió también el tuteo entre todas las personas, al ser un trato de cercanía y complicidad que fomentaba la subversión.
»Pero, ¿sabes?, yo sé que no la prohibieron por eso, que lo hicieron porque le tenían miedo piensa un instante y continúa—; creo que era más bien pánico, eso era, pánico. Ese sentimiento, hija, movía el mundo y lo pintaba de colores, haciendo que nos moviésemos con él. Lo sé porque muchas veces sueño que disfrutamos de ella, y la sensación es maravillosa, aunque siempre desaparece muy rápido por la mañana.
Sabedora de que están en un punto de inflexión, que habrá un antes y un después de esta conversación, la mujer prepara dos unidades de vino, de uva por algo es una ocasión especial, se dice, decidida y le ofrece una a su hija antes de apostillar:
Los gobernantes siempre se han reservado para ellos todo el poder acompañado de lo mejor que brinda la vida, dejándonos a los demás unos lúgubres mundos en blanco y negro que algunos coloreamos a escondidas siempre que podemos.
¡Por nuestros tatarabuelos —propone al fin, en un brindis, su hija—, que conocieron la pasión y la disfrutaron incluso después de dejar de ser conscientes de ello! ¿Verdad, mamá? —Suelta, emocionada, en su primer intento de algo parecido a un tuteo.
¡Verdad, hija mía! La abraza contra su pecho. Ahora que me paro a pensar, veo que es cierto…
¿El qué, mamá? interrumpe curiosa.
—Que el tiempo nunca miente a la hora de la verdad…

* Lector Analizador de Códigos Binarios Modificado

© Patxi Hinojosa Luján
(21/07/2017)

miércoles, 19 de julio de 2017

Por dudar...


Ignoro qué desperté en ti;
Qué hizo que te mudaras,
Imprudente, sin dudar,
Al voluble mundo de mis dudas.

Con qué palanca tropecé,
(Debió ser eso…),
Que activó en ti la insensatez
De otorgarme el beneficio
 De tantas visitas de tu piel
Tan reñidas con el pudor.

Yo, que recelo de la suerte,
O más bien de su perverso reparto,
(Bastante he visto ya trapichear con ella
En los bajos fondos de la alta suciedad),
A menudo sospeché de una mano negra,
Que al final, por una vez, se distrajo.

Mas aún desconfío de lo que escribo.
Sospecho que aún cuelgo de hilos,
Transparentes, que alguien maneja
Y temo incluso que tampoco sea yo
Quien haya decidido vivir
Aferrándome a este edén.

Dudo, ahora, que consiga interpretarlo,
Formulando una explicación verosímil,
Aun oteando desde la atalaya
De ese arco iris de tonos grises
Del que también dudo
Y que ayer abandonaste por mí.

Y yo, que a veces me siento
Tan irreal, etéreo e incierto
Como la sombra del silencio,
Por dudar,
Hasta dudo, oíd bien,
De que me quepan ya más dudas.

© Patxi Hinojosa Luján, dubitativo
(19/07/2017)

viernes, 7 de julio de 2017

Dicen de mí


Dicen de mí que no soy un alma libre mientras me agarran de los tobillos para impedirme despegar.
Dicen de mí que jamás alcanzaré mis anhelos, y me niegan su aliento amparándose en urgencias no siempre importantes.
Dicen de mí que solo pinto el mundo en blanco y negro; y no son capaces de apreciar en mis escalas de grises todo el mundo de colores que inventé para ellos.
Por eso, los que eso dicen de mí no sabrán nunca que me quedo con todo aquel que mire al cielo esperando verme volar junto a alguno de sus sueños.

© Patxi Hinojosa Luján
(07/07/2017)

sábado, 1 de julio de 2017

Mi ciudad


A veces pruebo a quitarme el disfraz de desinterés por lo más cercano y deambulo de incógnito por mi ciudad en un intento de empatizar con mi pasado; porque os confieso que, de un tiempo a esta parte, huele a pasado, un pasado con el que me deleito buscando pistas para enfrentar el futuro con la confianza que da la ventaja de estar jugando en casa.
Os hablo de un pasado en el que me sumerjo sin miedo; sus limpias aguas se han desprendido de toda carga negativa que, cual poso, ha sedimentado en el fondo del olvido.
Esta vez me he quitado el disfraz que os comentaba justo cuando ella, mi ciudad, se calzaba el suyo favorito, ese que desempolva cada año para inundarse de fiesta, de color, música y tradición, y me ha gustado lo que he recordado, porque todo con lo que ha disfrutado mi vista no era sino un reflejo de un pasado en común con vosotros, mi querida gente.
¿Recordáis, amigos, aquellos tiempos en los que en raras ocasiones nos acordábamos de hoy? Pues bien: hoy, en una suerte de paradoja vital, le he devuelto un saludo que vagaba en una encrucijada de dimensiones a mi yo pasado, y he constatado que ambos seguimos viendo la misma inocencia en los ojos del otro; mas no temáis, he cerrado enseguida el bucle temporal para evitar posibles fugas de sentimientos, ¡significan tanto…!

© Patxi Hinojosa Luján, dedicado a los amigos de la cuadrilla, con cariño
(01/07/2017)

(Foto: cortesía de mi querido amigo Juan Francisco Ramos Hernández, «Juantxo»)



martes, 27 de junio de 2017

Rodeados


No sé si me creeréis, pero debo decirlo: estamos rodeados de unos seres especiales que nos contemplan, suplicantes, desde los que en algún instante fueron sus particulares edenes.
Tragando humillaciones, olvidando desprecios, han podido observar cómo ese paraíso ha ido mutando hasta un infierno en el que las llamas abrasan bastante menos que las vejaciones y estas menos incluso que el recuerdo de un tiempo en el que semejante cambio era imposible por impensable.
Recapacitando en ello estoy cuando veo un niño que, desde el patio de su colegio, se despide sonriente de su madre mandándole un beso volador; desenfoco su imagen y me centro en ella, exhibe esa sonrisa que tan bien le sale, aunque no tanto como disimular con maquillaje el calvario del que ansía que puedan escapar algún día.
Aunque lo intento, no encuentro apelativo mejor para ellas que el de «superhéroes»; no siéndolo, decidme cómo podrían crear unos mundos virtuales para sus hijos y entorno con todas esas miserias familiares camufladas… Además, como cualquier «superhéroe» que se precie, tienen incluso su punto débil, y no pudieron ser tocadas con uno más apropiado, un inmenso amor incondicional.
Son «superhéroes», sí, mas ellas no eligieron serlo.

© Patxi Hinojosa Luján
(17/06/2017) 

lunes, 19 de junio de 2017

Tiempo de «superhéroes»


En ocasiones veo muertos… Pero no temáis, no estoy afirmando que tenga los poderes del niño de El sexto sentido; los veo en las sentidas palabras de unas personas que, antes de compartirlas, se cuidan de quitar toda carga de sensacionalismo que haya podido anidar en sus relatos.
Lo hacen al acabar la misión de turno, cuando vuelven a casa, a pesar de que ahora ya lo pueda ser cualquiera que les brinde un colchón cada noche aunque esté tirado en el suelo donde pasar unas pocas horas de descanso desvelado mientras el cuerpo recupera parte de la energía perdida.
Vuelven más delgados, siempre, pero el peso perdido se compensa con creces con las nuevas experiencias vitales que cargan, cada vez más orgullosas y ajadas, sus mochilas, las dos. Sin ser conscientes, y de antemano, ellos ya han dado por bueno el trueque, ese quid pro quo no buscado y que ninguna de las dos partes pareciera reconocer; y es ahí donde aportan lo más valioso de que disponen, no solo ellos sino cualquier ser humano, su tiempo.
Una vez leí en las dependencias de una empresa de servicios lo siguiente: «No cobro por lo que hago, sino por lo que sé». No es que me parezca mal, que no, pero ellos no obran igual, aunque podrían, son de otra pasta; han despojado a su valioso tiempo de cualquier matiz mercantilista y al compartirlo se convierte en un regalo de un valor incalculable.
Su tiempo… Cuando hablamos de él hablamos sin ninguna duda de tiempo de «superhéroes», viviendo como estamos en esta época que, por muchos motivos y por necesidad, se ha transformado en un tiempo de «superhéroes». Ya veis, dos «tiempos», mas un solo objetivo.
***
A veces imagino capas que ondean al viento buscando un reparto más justo de los recursos, y cuando cierro los ojos constato que no son de colores llamativos ni tienen artísticas iniciales bordadas; entonces me digo: ¡ni falta que hace!
Lo confieso, también veo esperanza, en ocasiones…

© Patxi Hinojosa Luján
(19/06/2017)

martes, 13 de junio de 2017

La sonrisa


Aquella tarde treinta y nueve años atrás el destino nos cruzó en el baile de ilusiones y el tiempo, cómplice, se detuvo en un instante eterno, justo lo que necesitaron nuestras miradas para leer en el interior del otro. Terminado el examen, en silencio, dejaste caer con picardía una sonrisa que yo recogí con presteza antes de que llegara al suelo y pudiera mutar a decepción; la coloqué en su sitio y desde entonces, ni tú has parado de sonreír, ni yo de contemplarnos en tan bello espejo...

© Patxi Hinojosa Luján
(13/06/2017)

sábado, 27 de mayo de 2017

Viaje en el tiempo


Hoy he viajado en el tiempo… He conocido el significado de aquel brillo en los ojos de nuestra madre, cuando garabateaba con su mirada frases como «pásalo bien, no vuelvas tarde…», y a continuación, y más bajito, casi para sí y con tristeza, «y ten cuidado…» que yo no podía oír porque ya bajaba volando las escaleras para subir a alguna de mis montañas predilectas; o porque entonces no tenía acceso a esa dimensión emocional…
Me lo ha mostrado hoy el espejo de mis certidumbres, que me ha reflejado interpretando el «otro» papel; entonces he descubierto unos temores que antes no existían, cuando yo tampoco he podido evitar, susurrando para no molestar, el más sentido «y ten cuidado…» en el momento que nuestro hijo ha partido una vez más para continuar con su vida.
Y aunque sé que Ella las rechazará, debo pedirle disculpas por los momentos de angustia que le ocasioné, sin ser consciente de ello, al no tener aún el carnet del nuevo rol.
A la espera de no llegar a generar, además, nuevas necesidades de disculpas como aquellas, vuelvo a mirar en aquel espejo para contemplarme en la imagen que refleja, la de un hijo reconvertido en padre.

© Patxi Hinojosa Luján
(27/05/2017)

miércoles, 17 de mayo de 2017

Idea


Como cada mañana, cuando el alba me recuerda el privilegio de tu presencia en nuestro lecho pruebo a guiñarle un ojo con la esperanza de que, con semejante ejercicio de seducción, se haga a un lado para que pueda disfrutar de un tiempo de descanso añadido, pero no da tregua a su empeño y con toda la luminosidad que encuentra me apremia a la incorporación al mundo de la consciencia; lo hago saliendo del onírico, intentando separar ambos mundos con mi aún escasa energía.
Mientras contemplo tu imagen a través de las cortinillas de la rezagada somnolencia, persigo alguna idea que pueda regalarte como detalle por el nuevo amanecer, mas ellas juegan al escondite conmigo; y lo hacen con ventaja, no en vano, cuando al final se plasman en algo concreto, queda en evidencia que sus estructuras gramaticales y de contenido no chirrían tanto como mis gastadas articulaciones, y neuronas.
Fuera, los árboles que engalanan mi campo de visión, a la espera de su diario baño de sol, están más frondosos que otros años por esta época, lo que las ideas aprovechan para despistarme ocultándose tras ellos, entre ellos; pero lo que no saben es que el regalo que me hacen con esto es de un valor inmenso. Como siempre, acabo situándome en modo pausa durante lo que a mí me parece una eternidad venida a menos, y disfruto de la magia que se esconde, aunque también se muestre a quien quiera verla, en esa imagen de la Naturaleza que presume con su verde esperanza destacando entre todos los demás colores.
Cuando las ideas ya se resignan pensando que una vez más me he olvidado de ellas me conocen bien… salen de su madriguera con la guardia baja y entonces, como ocurre a veces, acierto con mi red «caza-ideas» a alcanzar y atrapar …, o quizá no me conozcan tan bien a una de ellas, casi siempre la misma, o en su defecto a alguna prima suya, y las demás se retiran con la parsimonia que les otorga la tranquilidad de saber saciado a su depredador.
Y, cuando escuchas que no me imagino la vida sin ti, que si me la imagino no quiero ver lo que veo, o cualquiera de esas frases tan manidas que vienen a significar lo mismo, una vez más ignoras mi torpeza por tal falta de originalidad al responderme con tu mejor regalo, ese brillo tuyo en los ojos, tan especial, en el que me quedo a vivir siempre que me lo permites, mientras me castigo con la eterna pregunta de «¿por qué no acaba de llegar nunca esa idea original que tanto ansío?», y siempre me respondo con el consabido «¡no tengo ni idea...!»

© Patxi Hinojosa Luján
(17/05/2017)

lunes, 15 de mayo de 2017

Orgullo


Hoy me ha dado por recordar algunos brillos que conozco bien a base de haberlos observado, con todo el respeto que se me inculcó, siempre que me ha sido posible acceder a la atalaya de una conciencia tranquila; es un ejercicio saludable y recomendable, se me ocurre valorar que casi tanto como la búsqueda, hasta enamorarse, de ese duende que acabará convirtiéndose en el más fiel compañero en nuestro Camino.
Así, recuerdo miradas que hacen el amor con el alma, con toda calma; otras que dan las gracias con el corazón, incluso algunas que reconocen esfuerzos con la razón… Miradas que visten, celosas, a sus amantes antes de compartirlos con nadie, sabedoras de que encontraron oro cuando se hubieran conformado con cobre. Miradas que, mirando más allá en el tiempo, adelantan las gracias a las necesidades en la confianza de que siempre serán cubiertas. Miradas de aprobación a quienes ya antes las tuvieron contigo de manera incondicional. Y en todas ellas los vidriosos ojos que así miran presentan un brillo tan especial, tan bello, que bien podría ser nombrado patrimonio de la humanidad.
Brillos… Me viene ahora a la mente uno de los más recientes, el que advertí adornando a un joven músico que acompañaba por vez primera en el escenario a su famoso padre, estrella de la canción, y que, mientras punteaba una guitarra rozando con respeto sus cuerdas, lo contemplaba al dar su particular «do de pecho», no pudiendo evitar uno de los gestos de admiración más diáfanos que haya visto nunca; ese es uno de los brillos que aspiro a ver en los ojos de mis hijos, sueño con merecerlo algún día...
Son todos ellos brillos de un orgullo sin maquillajes ni disfraces, de los que oxigenan el alma y dejan abierta una puerta a la esperanza. Pero existe otro tipo de orgullo con el que vivir también se torna una experiencia mucho más gratificante, y aquí y ahora no evoco ni me equivoco con ese ligero matiz ortográfico diferenciador entre «ser» y «estar» orgulloso, que se agiganta en su significado, porque tengo que decir que todas esas miradas «están», y puede que ya nunca lo dejen de estar; no, me refiero al orgullo de haber conocido a personas que, a pesar de no haber militado en el equipo de los Amigos queridos, se han adjudicado sin dificultad alguna un pedacito del espejo donde gusto mirarme cada mañana esperando llegar a parecerme algo a ellas con tiempo y ahínco.  
Pero hay ocasiones en las que nos relajamos y dejamos nuestra guardia baja, y es entonces, en ese momento que siempre es el más inesperado, cuando el destino se enfunda el papel de protagonista que exigió para él en el momento del reparto; y en este hoy, que no se ha reunido aún con el mañana que se apropiará de su nombre, aquel me ha forzado a dirigir la mirada hacia una esquina de ese cristal mágico desde donde se me dirigían palabras en castellano mezcladas con algunas en euskera, con un marcado acento gallego, y poco a poco asimilo que me tendré que conformar con las que ya están ahí, porque no habrá más, aunque puede que quizá solo hayan sido imaginaciones mías… Mas se me ha encogido el alma, sé que ya no podré hacerle partícipe de todo esto a él, por lo menos no en esta vida, y ahora que me acompañan dos brillos diferentes, y uno lo es de pena, os puedo asegurar que en el otro seguiré sintiendo por siempre ese último orgullo del que os hablé…

© Patxi Hinojosa Luján, con la mirada vidriosa, fija en el pedacito de espejo que Santi se ganó hace tiempo.
(15/05/2017)

jueves, 11 de mayo de 2017

A veces…


No sé cómo lo hacen, pero suelen intuir cuándo ellos van a acabar apareciendo y se reivindican a su manera, con un juego de seducción no provocada que esconde la exigencia de que se las exhiba; es entonces cuando las sacamos a pasear para que así se oxigenen un tanto y puedan lucirse en presencia de aquellos. Ellos acuden siempre a un encuentro que jamás se retirará de la cartelera, bien es cierto que en ocasiones camuflados en esas sombras que remodelan sus siluetas, mas en la mayoría luciendo sus mejores galas lumínicas.
Lo cierto es que ellas juegan con ventaja, el crupier de ese casino que se nos aparece a la vuelta de cualquier esquina en nuestras intrincadas vidas les reparte siempre las mejores cartas al no poder resistirse a sus encantos; los entiendo, ¿quién lo haría al embrujo que simulara el guiño de las quintas pestañas de unos preciosos ojos color verde promesa? A ellos eso les preocupa más bien poco, ya jugaron sus partidas más importantes y ahora solo aspiran a que sean recordadas, a que se les tenga presentes.
¡A veces las emociones están tan unidas a los recuerdos, a veces…!; pero siempre lo hacen iluminando todo con su brillo especial.
***
Hay una mesa que siempre está preparada desde el mes anterior, y a pesar de que las órbitas de nuestras vidas giren ajenas a ello durante esos treinta días, al final nos conducen hacia aquella atraídas por su cautivador magnetismo. Unos platos y unas copas nos esperan cuando hace un buen rato que las emociones y los recuerdos se repartieron los papeles en la representación; y mientras transcurre el tiempo de esta, chocamos esas copas, y aunque haga casi media vida que nos miramos a los ojos al hacerlo, puede que sea por aquel brillo especial por lo que siempre somos capaces de ver cada vez un poco más dentro.
A veces nos dejamos llevar por ellos, por ellas; a veces…

© Patxi Hinojosa Luján
(11/05/2017)